El centre

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El lenguaje de los árboles

Érase una vez un niño cuyo abuelo le enseñó el lenguaje de los árboles. Se lo fue descrifrando en los paseos de aquellas tardes de verano alrededor de su casa del bosque. El niño quería ser pájaro y volar, pero el abuelo insistía una y otra vez. Decía que si volaba muy alto se perdería las maravillas del bosque, las que suceden a los pies de los árboles, en sus hojas y en sus ramas. Por eso le llevaba de paseo por el bosque. Y con cada tesoro que le mostraba, el niño se quedaba prendado y su corazón se llenaba de silencio.





Y sólo entonces escuchaba los susurros de los árboles. Era el lenguaje de los árboles del que siempre hablaba el abuelo. Aunque no lograba entender lo que decían. Su abuelo decía que había árboles, los más sabios, los más ancianos, que llegaban al cielo. Era algo mágico. Por un instante se entrelazaban con las nubes y jugaban a acariciarse. Y en ese juego de caricias entre la esponjosidad de cada nube y las hojas pequeñitas, las de las ramas más altas de los árboles ancianos, las nubes les traían cartas del cielo. Y cuando las nubes marchaban, los árboles atesoraban cada letra, cada legado a la espera de que su destinatario viniera a escucharles. Pero ésa era la parte más triste de la historia del abuelo: que la mayoría de los destinatarios de esas cartas nunca venían a buscarlas. Y los árboles envejecían, llenos de historias, de susurros. Aprovechaban los atardeceres para dejar ir algunos mensajes con la brisa, o les contaban una pequeñita parte a los animales del bosque, por si pudieran ser sus emisarios. Pero casi ningún humano se acercaba a los pumas, a los zorros o a los búhos. A los perros y a los gatos sí, pero no a los animales del bosque. Pero el abuelo sí lo hacía. Y desde que el niño nació, le llevaba con él. Al principio subido en sus hombros. Luego ya, cuando pudo, caminando juntos. Llegaban hasta una piedra en medio de un claro en el bosque. Y ahí se sentaban a silenciar sus corazones desbocados y poder escuchar las historias de los árboles. Y aquellas historias hablaban de lugares lejanos, de corazones tranquilos y de amores luminosos. Pero sobre todo estaban llenas de palabras no dichas, de esas que las personas no dijeron por miedo, o por no escuchar, o por no darse el tiempo o… El abuelo decía que cuando estás en paz, ya no necesitas las palabras. Por eso el cielo es tan silencioso. Pero mientras tanto, hasta que llegas ahí, las palabras guardan el amor y el miedo, el dolor y la esperanza…guardan todo lo valioso que hay en las personas. Y las personas necesitan decirlas, y sobre todo escucharlas. Por eso los árboles siguen conservándolas. Porque los que están arriba en las estrellas mandan mensajes. Y porque los que están abajo lloran sus ausencias con palabras y lágrimas. Y de vez en cuando, en alguno de esos momentos mágicos en que los que viven en la tierra callan, los que están en el cielo hablan a través de los árboles. Pero el niño nunca pudo llegar a percibir las palabras en los susurros de los árboles, sólo escuchaba un extraño y bello susurro. Y con el tiempo, conforme crecía, pensó que su abuelo se lo inventaba todo. Ninguno de sus amigos sabía nada del lenguaje de los árboles, y en realidad muy pocos iban a pasear al bosque con sus abuelos. Pero a él le gustaba. Y le quería. Así que decidió que no importaba que aquellas historias sobre los árboles fueran reales o no, sólo que fueran de su abuelo. Hasta el día en que él murió. Una mañana luminosa de otoño su madre le despertó y le dijo que el abuelo se había quedado dormido y no se había despertado. Y el mundo del niño se paró. A partir de ahí todo fue difuso. La gente, las palabras, el entierro, las lágrimas de mamá…todo. Él ya no escuchaba nada, ni siquiera el latir de su corazón alado. Todo parecía detenido, sin vida y sin sentido. Le enterraron en el cementerio del pueblo de los veranos, junto a la abuela, a quien el niño no había conocido pero a la que el abuelo había añorado durante tantos años. Y el niño hizo lo único que sabía hacer en aquel pueblo, lo único que tenía sentido para él: fue al bosque. A su piedra en el claro del bosque. Y se sentó. Y entonces ocurrió. Empezó a escuchar palabras tras la brisa entre los árboles y el ulular del búho. Incluso le pareció ver un zorro a lo lejos. Pensó que aquello era imposible. Pero no lo era, ya no eran susurros sin sentido, eran frases. Frases que sólo el abuelo hubiera podido decir. “No quieras volar tan rápido, mira el bosque, siente la hierba, escucha a los árboles”. Y ahí lo comprendió. Ahora entendía las palabras porque estaban dirigidas a él. El abuelo le había escrito una carta para él. El abuelo y la abuela, juntos. Y entonces aprendió de una vez para siempre el lenguaje de los árboles, el que sólo los que tienen el corazón dividido, mitad en el cielo, mitad en la tierra pueden escuchar. Sobre todo si son niños o niñas, más dispuestos a creer en la magia del amor que los mayores. Ese amor que enlaza las nubes con las hojas de los árboles y llena los silencios de significado. Y el niño supo que ese lenguaje estaría siempre para contestarle cuando preguntara, cuando tuviera miedo, cuando se sintiera solo o cuando fuera feliz. Con la única condición de callar lo suficiente, amar profundamente, y no volar demasiado. Y supo también que a partir de ese día traería a su mamá a aquél rincón del bosque cada verano, para escuchar juntos a los abuelos. -

Pepa Horno

El Oso Espíritu del Canada

Según cuenta la tradición de los Tsimhian, al principio de los tiempos el mundo estaba totalmente congelado. Estos antiguos pobladores de los profundos bosques de la Columbia británica en Canadá sostienen, por tanto, que un invierno eterno cubría de nieve todos los rincones de la tierra.



Fue entonces cuando el gran creador adoptó la forma de un cuervo y, alzando el vuelo, derritió los hielos, convirtiendo las blancas extensiones de nieve en tierras verdes y fértiles. Los ríos volvieron a fluir y la vida despertó de su largo y gélido letargo.

Sin embargo el dios cuervo no quiso que olvidáramos aquel periodo de nieves y se propuso dejarnos un recuerdo en la memoria. Sobrevoló los bosques y le cambió la piel a uno de cada diez osos negros; desde ese momento pasaría a ser blanco, dejando su espíritu con ellos hasta que algún día decidiera regresar.


Lo cierto es que la historia mitológica de los Tsimhian es verdaderamente bella; no obstante, la realidad y la explicación científica de la curiosa piel blanca de estos plantígrados también es muy interesante.

No, no son osos polares que, cansados del frío, se han desplazado a las más cálidas tierras de los bosques de Canadá. En realidad son osos negros a los que una ocasional variación genética dota de una preciosa piel que varía entre el color blanco, rosáceo o crema.

También se le conoce como el Oso espíritu de Canadá. Actualmente existe una población de unos 400 ejemplares de este asombroso Oso Kermode (Ursus americanus kermodei) y, aunque en el pasado estuvo en peligro de extinción, hay que agradecer las políticas de conservación de la especie por parte de las autoridades y administraciones del gobierno canadiense. En el año 2006, compró y protegió una amplia extensión de 18.000 kilómetros cuadrados para que estos grandes mamíferos pudieran tener una cuidada superficie en la que poder habitar.

Esta semana National Geographic publicaba una preciosa galería de imágenes del Oso espíritu, tomadas en esa reserva de Canadá por Paul Nicklen, uno de los mejores y más afamados fotógrafos de naturaleza del mundo. Sin duda, unas bellas imágenes de uno de los animales más sorprendentes de la tierra.

Historias de Unicornios

Bella y el Unicornio
Bella era la más hermosa de todas las mujeres. Nadie podía igualarla en elegancia, en belleza. Provocaba suspiros en cualquiera que la viera pasar. Pero su corazón era frío, duro como la roca, distante, jamás ninguna emoción había hecho mella en él.

Por eso, cuando una tarde vio en el río el reflejo de un ser fabuloso, cuando vio los ojos curiosos que la miraban desde el agua, Bella se supo cautiva, hechizada, presa de sus emociones... y viva por fin.

Al minuto siguiente él ya no estaba. Y aunque buscó y le llamó, no encontró a su Unicornio. Suyo, porque solo ella le conocía, solo ella le amaba, solo ella creía en él...

Desde entonces, Bella descuidó su ajuar, dejó de mimar su piel untándola de esencias, olvidó sus joyas en el fondo de sus cofres, dejó de buscarse en los espejos, de cepillar su cabello... y sus ojos azules se cubrieron con un velo de tristeza. Pero seguía sabiéndose viva...

Las gentes del lugar inventaron leyendas y fantasías que explicaban por qué cada amanecer la que seguía siendo la muchacha más hermosa de cuantas habían visto, recorría el farallón más alto, su vestido agitándose al viento, su melena enredándose y danzando alrededor de su rostro, su mirada ausente, buscando en el horizonte lo que nadie acertaba a imaginar.

Un día, al paso de un peregrino, Bella se acercó y le preguntó:

-Buen hombre, tú que llevas la sabiduría reflejada en tu rostro, y al que la experiencia de toda una vida ha dibujado arrugas en la piel, dime, ¿cómo lo puedo encontrar?

-No sé qué persigues, pero cuanto menos lo busques, más rápido lo encontrarás -fue su respuesta.

Sin embargo, Bella empezó a hilar una red con sus largos cabellos. Tejió y tejió y cierto día, cuando los hombres miraron al acantilado, vieron una inmensa tela de araña que se balanceaba al viento y cubría el acantilado entero, desde la costa hasta el confín del mar. Y allí esperaba Bella, y tras un tiempo apareció su Unicornio, trotando sobre las olas, mirándola fijamente, tal vez con desdén, tal vez con sorpresa. Y en la red de Bella quedó atrapado su Unicornio.

Ella se acercó y acarició su piel, su crin, mientras sonreía por saber suyo al Unicornio. Creyó que al caer en la red, el Unicornio no podría sino quererla siempre, como ella haría con él. Pero el Unicornio habló, habló de lo absurdo de los amores que encarcelan y esclavizan al otro...

-Aunque me apreses, ates mis movimientos o me guardes en tu sitio más secreto y protegido de tu palacio, nada obtendrás de mí. Esta red sólo consigue atrapar mi cuerpo, pero mi corazón no puede ser tu cautivo. Sólo somos capaces de querer a los demás desde nuestra libertad.

Bella, confundida, pensó que solo deseaba que llegara el día en que el unicornio fuera capaz de amarla... nada más. Y la red se deshizo instantáneamente, y el Unicornio escapó. Bella se quedó quieta, inmóvil, tanto que su cuerpo empezó a convertirse en una estatua de piedra, hermosa, sublime, la más perfecta que nadie jamás hubiera esculpido.

Desde ese día, la estatua de Bella en lo alto del acantilado ve acercarse a muchachas enamoradas que le cuentan sus sueños, sus ilusiones; a niños que juegan y danzan a su alrededor; a un joven flautista que aprendió a tocar a los pies de la estatua y que ahora deleita a todos con su música, tal vez en un vano intento de sacar a Bella de su sueño eterno. Pero lo más sorprendente son las flores que cada amanecer, rodean la estatua y cuelgan de las manos de piedra, frescas, lindas, cubriendo con su olor y sus colores a Bella.

Cuentan que hay alguien que llega con las primeras luces del alba, se inclina reverente, con devoción casi, ante la estatua, deja descansar unos instantes su cabeza en su regazo... Y se marcha, dejando su ofrenda, corriendo veloz, galopando sobre la espuma de las olas.

Es el Unicornio.

Las hadas y las flores


El mundo de las flores está directamente relacionado con la vibración etérea de las hadas en ese espacio energético sutil que llamamos luz y penetra nuestros sentidos a través del aroma y el color. Por ello es seguro que habrá hadas en jardines con romero y eneldo.


Las hadas viven y duermen, se visten y actúan según la flor que han elegido y crecen según ésta crece. Son tanto sus jardineras como su espíritu y se encargan de dar agua, luz, cuidar de sus pétalos, hojas y tallos, manteniéndolas sanas y fuertes. Cada flor tiene una canción especial que el hada canta para mantener viva y fuerte a su flor. Es parte de las vibraciones amorosas que animan a la planta a crecer.


Se dice que para ver a las hadas se debe comer en primavera un manojo de prímulas, que son flores que hacen visible lo invisible. Es posible incluso que se pueda hallar el camino de las hadas y hallar los tesoros que ellas guardan.



Como a la mayoría de las hadas, les encanta la música y la danza y por ello hacen muchas fiestas y bailes. Su festividad principal es la víspera del Solsticio de Verano, cuando a la media noche sacan sus mayores galas y bailan hasta el amanecer.


A las hadas les gusta hacer regalos, como ofrenda al amor sincero y la fidelidad les encanta regalar nomeolvides. como símbolo de inocencia regalan margaritas. Las florecitas del digital (digitalis) son usadas como guantes o como sombreros; obran como tónico cardíaco fortaleciendo el corazón ante la agitación que produce la cercanía de la gente pequeña. Es importante recoger las hojas durante las primeras horas de la tarde, dejarlas secar y conservarlas en frascos de cristal para futuros usos en pociones, hechizos y tónicos. Otra de las flores maravillosas que usan las hadas son los pensamientos, que son comestibles y sirven para filtros de amor.



Existen hermosas y trágicas historias relacionadas con las flores. Una de ella es una leyenda escocesa que está relacionada con la fragante alhelí. Eráse una vez una hermosa princesa prometida de un príncipe que amaba a otro. El noble joven enamorado, una noche, se introdujo en los jardines del castillo vestido de juglar. Allí dedicó a la princesa un romance en el que le transmitía, veladamente, un plan de fuga. Ella le respondió positivamente tirándole un alhelí con disimulo. En la noche señalada para la fuga, ya dispuesta a bajar de su balcón, para entregarse por entero a su amado quien la esperaba junto al muro, la soga por la que bajaba se rompió y ella cayó. Su cuerpo al tocar el piso, ya sin vida, se transformó en una planta de alhelí, cuyas flores siguen llamando al amado con su perfume.. Es por ello que el alhelí crece junto a los muros solitarios de viejos castillos abandonados.


En las flores, se miran cual espejo mágico, la búsqueda del ser humano por los misterios del mundo, la belleza, la fugacidad, la transformación y el renacimiento. Por ello, por su evanescencia, las hadas de las flores sólo se pueden ver en la penunbra de los bosques, aguardando el secreto de la luz, alentando el ensueño y maravilla.
Fuentes: Teresa Martín "Vida, secretos y costumbres del mundo encantado de las hadas" y http://www.flowerfaries.com/

Un simple árbol


Hace mucho tiempo, en un bello campo, tres semillas de un mismo tipo de árbol comenzaron a germinar una cerca de la otra.

La primera de las semillas que logró salir a la luz, asomó desde la tierra su tallo verde, y de inmediato se dio cuenta que debía su vida, su existencia, a la madre tierra, al agua, y a los minerales que la habían nutrido en la oscuridad. La semilla era consciente de la profunda conexión que la unía con la madre tierra, y que la nutría y protegía. Pensó entonces, a poco de asomar un poco más sobre la faz de la tierra, que si también orientaba sus jóvenes ramas hacia ella y lograba hundirlas, tendría aún más vida, más energía, podría sentirse más segura. Aferrarse con todo su ser a lo terreno se volvió su objetivo. Además lograría alejarse de ese sol que día tras día le lastimaba con su claridad.
La segunda de las semillas al salir a la luz, y asomar también feliz su verde tallo, se dio cuenta de inmediato, como si hubiese tenido un golpe de intuición, de que había sido indudablemente el Padre Sol, el que con su envolvente calor le había dado vida, y que a él le debía todo lo que ella era y podía llegar a ser. Estaba agradecida de haber podido finalmente salir de la oscuridad en la cual había estado sumergida. Ahora su camino se presentaba luminoso y claro: debía dirigirse hacia la luz. Su camino era el camino del cielo.
Deseaba fervientemente alejarse de la oscuridad, alejarse de ese elemento burdo. Es más, como le daba asco cualquier contacto con un plano tan inferior, buscaba el modo de sacar también sus raíces de la tierra, para poder dirigir todo su ser hacia la luz. Su objetivo era servir a la luz, ponerse al servicio de algo superior. Quería llegar al Sol, y estaba convencida de que cuanto más se alejase de lo material, más fácil sería para ella lograrlo.
La tercer semilla al salir a la luz, dirigió primero su inteligencia hacia lo superior y agradeció al Padre Sol haberle dado la iluminación para reconocerla y respetarla; luego dirigió su inteligencia hacia la Madre Tierra y le agradeció todos los nutrientes que continuamente le proveía para su crecimiento. Y por esto hundía feliz sus raíces en la tierra porque sabía que por cada centímetro que crecía hacia abajo, podía elevar majestuosamente tres veces más sus ramas hacia el cielo.
Algunos dicen que existen muchas vidas; dicen algunos que las almas van evolucionando no sólo dentro de cierto reino, sino que además pasan de reino en reino. De este modo pasarían, cuando están suficientemente evolucionadas, del reino mineral al reino vegetal, y del mismo modo al reino animal, y después al reino humano. Éste no sería el último, pues las almas se dirigirían luego en el camino de la evolución a otros reinos celestiales más desarrollados.
Cuentan que con los años la primer semilla ya convertida en un árbol, había logrado su objetivo. Prácticamente había convertido sus ramas en raíces, pero lamentablemente, también con el paso de los años se había convertido en un árbol retorcido, gris, lleno de musgo, y casi sin hojas. Parecía un conjunto de raíces aferradas a la tierra. Nadie hubiese dicho que nació para ser un Roble.
De la segunda semilla se supo que con el tiempo, ya convertida en árbol, había logrado sacar casi todas sus raíces de la tierra y por esto su tronco se debilitó por falta de nutrientes. Perdió también las hojas y la capacidad de crecer. Quedó entonces sin fuerzas para seguir su evolución. Tarde se dio cuenta que pudiendo haber sido un verdadero Roble, había quedado convertida en una especie de débil enredadera sin sustento alguno.
Fue la tercer semilla, la que se convirtió en un Roble de majestuosa copa y sombra protectora, cumpliendo su misión en esta vida.
Dicen que esta semilla ya estaba en una de sus últimas evoluciones dentro del reino vegetal y que seguramente en poco tiempo iba a pasar al reino animal.
Dicen que la primer semilla, hacía poco que venía del reino mineral, y que había que tener paciencia, que ya en sucesivas evoluciones de su ser, nacimientos y muertes, se iba a dar cuenta de que lo material no era más que el sustento terrenal para algo superior.
De la segunda semilla dicen que tenía más vidas que la primera, pero que en su camino evolutivo, por querer rechazar lo terreno, se había ido al otro extremo, negándolo.
Si entonces todo esto fuese cierto, si existen varias vidas y un camino de evolución, ¿por qué será que a muchos humanos nos cuesta recordar y aprovechar nuestras existencias en el reino vegetal, cuando tuvimos que recorrer varias "vidas" sólo para darnos cuenta de que nuestras "ramas" no podían ir hacía abajo para adorar la tierra, ni nuestras "raíces" ir para arriba en un intento de negar esa misma tierra?. ¿Cómo puede ser que hayamos olvidado todo eso?. ¿Será consecuencia de este olvido, que muchos humanos que recorren el camino del desarrollo espiritual, evitan de hundir sus raíces en la tierra?. ¿Tendrán miedo de sentirse culpables ante sí mismos por convertirse en seres materialistas?.
¿Será consecuencia de este olvido que otros humanos se aferren con desesperación a lo terreno (los bienes materiales, el dinero) y se niegen a ver la luz?.
Uno de los principios Herméticos, dice "como es arriba es abajo", queriendo explicar que para acceder a comprender las grandes leyes espirituales que gobiernan al universo (lo de arriba), es muchas veces suficiente analizar lo que sucede en algún aspecto del mundo de todos los días (lo de abajo).
Por esto sería bueno, quizás salir a caminar una mañana... buscar un buen árbol, sentarse bajo su sombra protectora... cerrar los ojos, e intentar recordar en qué se basaba nuestra existencia cuando éramos unas simples semillitas. Recordar, para poder vivir ahora, con la armonía de un árbol. Recordar para distinguir cada vez mejor, la tierra del cielo y la profunda conexión que existe entre ambos.

Autor: Dr. Dino Ricardo Deon
Extraído del libro "Los cuentos de Dino".

Los espiritus de la naturaleza


La creencia en hadas y otros seres mágicos hunde sus raíces en la noche de los tiempos y el recuerdo de ésta creencia persiste en lo mas profundo de psique humana. En toda Europa, el pueblo, y en especial las comunidades rurales, ha conservado una gran riqueza de tradiciones relativas a estos seres que adoptan una gran variedad de formas y que pueden ser buenos o malos, perjudiciales o benéficos, pero a los que en cualquier caso hay que tratarlos con gran prudencia, pues ofenderlos puede ser muy peligroso. Para protegerse de ellos o para ganarse su favor, hay muchos amuletos, gestos rituales, etc., en los que el pueblo confiaba ciegamente. Y es que la relación entre hadas y humanos es muy compleja a menudo, de mutua dependencia y regidas por unos parámetros fuera de lo cotidiano, ya que el mundo de las hadas tiene sus propias leyes, muy distintas de las nuestras. Algunas de éstas creencias son tan antiguas como la vida misma: existen crónicas medievales de principios del siglo XII en las que aparecen cuentos que son ejemplo de ellas, y en algunos lugares de las Islas Británicas, el folclore relativo a las hadas es de una riqueza impresionante y hasta cierto punto sigue aún viva.



El reino de las hadas y duendes se divide en cuatro grupos.

Espíritus de la tierra: Duendes, Gnomos y Trolls
Espíritus del agua: Ninfas y Duendes del Agua.
Espíritus del fuego: Salamandras.
Espíritus del aire: Sílfides.
Tierra: Es el mas denso de todos los elementos. Representa el invierno y la noche.

Duendes: Según la mitología, los duendes son grandes seres mágicos. Se dividieron en dos campamentos, los Ljsalfar, o duendes de luz y Dopkalfar o duendes de la oscuridad, los cuales vivían en los bosques oscuros y bajo las olas del mar.
Gnomos: No habitan en la superficie de la tierra, sino en el subsuelo.
Trolls: Temen la luz del día.

Los huevos de pascua



Para los niños la costumbre más divertida remite a la tradición según la que el Domingo de Resurrección, las campanas sueltan desde el cielo huevos de chocolate que hay que buscar en la mañana de Pascua. Es común ver en las pastelerías campanas de chocolate, ya que recuerdan que ellas son las encargadas de anunciar alegremete la resurrección. Tambien conejos de chocolate que simbolizan la abundancia y la fecundidad.

Otra leyenda nos cuenta que una pícara liebre-que después pasó a ser el conejo- es quien los esconde, para que los más chicos los busquen y los encuentren.

La tradición de que los mayores escondan huevos decorados en los jardines o en las casas, continúa vigente, en muchos países.

Aquí la tradición hace que los padrinos regalen a sus ahijados una tarta decorada con huevos y figuritas de chocolate, se llama la Mona.

El Unicornio Blanco


Yolanda es una adolescente autista sin vínculos emocionales y con una marcada conducta autodestructiva. Nada parece estimular el cambio en su comportamiento hasta que conoce a Flecha, un caballo al que cuidará y con el que se vinculará de manera positiva. Yolanda es un ejemplo de cómo el contacto con animales pide ser de gran ayuda en las terapias de muchos pacientes.

En un texto védico contado por el escritor Kenneth White, puede encontrarse esta vieja fórmula “ La primera de todas las enseñanzas consiste en meditar sin fin sobre el pájaro”
El caso informado por el doctor Ange Condoret, en 1963, sobre una niña autista de seis años de edad, muda y asocial, Betsabé, que empezó a hacer progresos desde el momento en que una paloma en vuelo captara su atención, propone un significado pleno a la pedagogía del texto hindú.

Yolanda: la niña ausente
Con Yolanda, nuestra paciente, igual que con Betsabé, habían fracasado todos los esfuerzos de sus terapeutas y maestros. Cuando la conocimos tenía trece años. Mantenía un nivel de autonomía aceptable en las habilidades básicas de la vida cotidiana. No poseía lenguaje verbal. Regulaba sus necesidades y sus deseos inmediatos mediante una grave conducta autoagresiva, golpeándose la frente contra cualquier superficie o con sus propias manos fuertemente unidas en un puño, ante la más mínima frustración cambio o estimulo ambiental imprevisto.
Cuando estaba contenta emitía un sonido gutural, parecido a un ronquido, que repetía varias veces, para luego ponerse a correr en círculos concéntricos hasta caer agotada. Podía pasar mucho tiempo observando incansablemente un trocito de cartón en sus manos mientras se balanceaba sentada en el suelo de rodillas. De hecho, esta era su posición preferida.
No establecía ningún contacto físico espontáneo y tampoco jugaba con los demás niños. Solo con Marina, su monitoria, tenía un vínculo diferenciado. A excepción de la frente, deformada por el hematoma crónico, tenía aspecto de una adolescente totalmente normal. Estábamos convencidos de su capacidad de aprendizaje y de observación, sólo que la grave conducta autoagresiva no nos daba treguas.


La niña que conectaba con los caballos
Temimos que la primera sesión con los caballos fuera un desastre. Sin embargo, casi inmediatamente, Yolanda mostró un gran interés y una habilidad extraordinaria en cada una de las tareas de aproximación. Les daba de comer, los cepillaba o los llevaba del ramal como si lo hubiera hecho siempre. Disfrutaba de todas las tareas.
En seguida manifestó su deseo de montar y fue entonces cuando reapareció la conducta agresiva. Observamos que cuando el caballo se paraba, Yolanda comenzaba a golpearse fuertemente contra la cabeza del animal. Empezamos a moldear la acción, de manera que el caballo solo caminaría, llevado del ramal por el terapeuta, si Yolanda dejaba de golpearse y acertaba con dar un par de suaves palmadas en el molo del animal.
En cada ocasión que esto ocurría repetíamos la consigna “anda caballo”.
La secuencia, con el paso de las sesiones fue independizando de l acción del terapeuta y Yolanda alcanzó una gran destreza. Desde el primer día manifestó una afinidad casi exclusiva por Flecha, un hermoso caballo blanco. Su abuela materna nos comento que, siendo Yolanda muy pequeña, le colgó un cuadro en su habitación; una niña dormida a los pies de un unicornio blanco.
No cabe duda de que Flecha era el unicornio que habitaba la infancia de Yolanda.

Carlos Ranera
Medico Psiquiatra
Mente-Sana